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Sexo, mentiras y tweets

El escándalo sexual en el que se ha visto envuelto el congresista Anthony Weiner pone de manifiesto no sólo las diferencias que existen entre Europa y Estados Unidos respecto a la vida privada de los políticos, sino también el pecado, social y político,  que supone para un político estadounidense mentir públicamente.

Mientras los europeos diferenciamos entre la esfera de lo público y lo privado, en Estados Unidos ambas esferas están entrelazadas y se considera que lo que haga uno con su vida privada repercute en su vida pública. Otra diferencia es que mientras los europeos pensamos que, por naturaleza,  todos los políticos mienten, en Estados Unidos confían en que los políticos digan la verdad. Y cuando mienten, casi parece que mentir sea el peor pecado que cometieron.

Por ejemplo, en los años noventa al presidente Bill Clinton le hicieron un “impeachment” por perjurio y obstrucción de la justicia, después de que mintiera sobre su relación sexual con la becaria Monica Lewinsky. Weiner ha dicho que no dimitirá, después de admitir que mintió a su mujer, a la prensa y a sus votantes.

El “Weinergate” tenía todos los ingredientes para acaparar la atención de los medios en un momento de sequía informativa en el que hay que alimentar la máquina informativa las 24 horas al día. Además del sexo (lo curioso es que un escándalo sexual sin sexo, porque el congresista se limitó a enviar por Twitter a una mujer de Seattle una fotografía obscena que mostraba una erección bajo los calzoncillos y no mantuvo ninguna relación sexual con ella) y las mentiras (dijo que su cuenta de Twitter había sido hackeada y que él no había enviado la fotografía), se une la novedad de ser el primer escándalo sexual de las redes sociales (Twitter) y las nuevas tecnologías que afecta a un político estadounidense.

Por lo menos, en esta ocasión la mujer de Weiner –Huma Abedin, asistente de la secretaria de Estado Hillary Clinton- no ha aparecido como mujer-florero al lado de su marido en la rueda de prensa, como suele ser habitual en Estados Unidos con las mujeres de los políticos cuando sus maridos admiten públicamente que les han puesto los cuernos y a ellas se les queda cara de tontas.