Blog: LA CARA B DE WASHINGTON

Una pelea de gatos

 

A riesgo de que el post resulte muy personal os hablaré de Dina, la última incorporación a mi familia.

Quienes no conozcan Washington se sorprenderán al saber la enorme cantidad de animales que hay en la ciudad. En el Rock Creek, un bosque enorme al noroeste de la capital, habita una superpoblación de ciervos. Uno de ellos apareció en el jardín de mi casa y asustado, ante la atónita mirada de mis vecinos, se escapó patinando por el asfalto. A esto añadimos zorros, ardillas (se cuentan por millones y algunas de ellas son voladoras, literalmente), mapaches (se cuelan en el ático y a pesar de que parecen muy monos tienen un carácter endiablado), murciélagos (deshacerse de ellos es de lo más complicado: están protegidos), serpientes e incluso un bicho rarísimo llamado opossum que es lo más parecido que he visto a una rata gigante. Por encima de todos ellos imperan, en número y capacidad reproductiva, los ratones. La ciudad está infestada de roedores.

Tras una larga batalla el año pasado, mis simpáticos amigos roedores no nos han visitado durante todo el invierno. Pero, y siempre hay algún pero, la estación ha cambiado y cuando esto sucede en otoño y primavera  los ratones atacan de nuevo. Y una, que ha desarrollado una enorme paciencia con los hijos, tras otear a uno de ellos en casa, decidió después de una noche sin dormir, agarrada a las mantas y con ojos redondos, que la paciencia y el temple son finitos y que ya era hora de adoptar un gato.

Mi marido no cabía en si de gozo: desde que llegamos a América, al más puro estilo washingtoniano, llevaba haciendo lobby para que  tuviéramos uno. Así que, sin más dilación, nos acercamos a la tienda de animales de Chevy Chase que trabaja con un centro de rescate. Y he aquí que nada más entrar me enamoré de… dos gatos: Tigger y Tony. Las responsables del centro comenzaron a “instruirnos” en el cuidado de los animales. Mi querido esposo, británico como es, versado durante toda una infancia en el cuidado de los gatos, muy educadamente se escapó de su verborrea inagotable y me dijo: pelea tu con ellas, que a este paso voy a explotar. Me dejó allí sin imaginar que cuando fue a abrirnos la puerta de casa media hora más tarde, al otro lado nos encantraría a mí… y a la voluntaria del centro con los dos gatos.

Durante el tiempo que duró el proceso de adopción Tom, mi santo, se iba poniendo cada vez más tenso. La voluntaria, por otro lado, nos trataba de manera muy condescendiente. Y he aquí nuestra sorpresa cuando sacó un contrato por el que nos comprometíamos a cuidar a los animales, obvio, y… a no dejarlos salir. Fue así que descubrimos que esto de los gatos es como ser del Barca o del Real Madrid. Hay una guerra abierta entre los gatos de exterior y los gatos de interior. Indoor vs. outdoor.

La conversación que siguió tuvo momentos delirantes. Resulta que en el list serve de Chevy Chase, nuestro barrio, los gatos de exteriores son la bestia negra de muchos de los vecinos. Hacen un seguimiento exhaustivo del ir y venir de los felinos: “gato naranja avistado en mi jardín” etc. Pero sobre todo nos sorprendió que l@s activistas de los gatos de interior hacen cualquier cosa con tal de que estos no salgan, incluso recetarles prozac cuando se deprimen en su cautiverio.

Tom, temeroso de que me echase atrás, firmó el documento. Pero en cuanto los gatos de los vecinos (aquellos que sí pasean a su antojo) se acercaron a nuetras ventanas, se le rompió el corazón. Tony y Tigger, sobre todo Tigger, parecían muy interesados en el mundo exterior. Así que Tom me reconoció solemnemente que tenerlos en casa era cruel (ya os he dicho que es british… tenemos estándares distintos respecto a la crueldad hacia los animales) y que pensaba dejarlos salir lo antes posible. Yo, que soy muy dada a la tragedia griega, me negué en redondo bajo el argumento de la palabra dada: una promesa es una promesa. Y ni cortos ni perezosos, a pesar de lo divertidos que eran Tony y Tigger, optamos por devolverlos al centro de rescate y adoptar otro gato que pudiese tener libertad de movimiento.

La historia tiene final feliz. Tony y Tigger viven ahora con una pareja retirada en una McMansion (término usado para describir las enormes casas americanas) y sus dos mastines. Y nosotros… acogimos a Dina, una  gata cariñosa de exteriores que una familia abandonó al mudarse de estado. No sólo mantiene a raya a los ratones: también caza a los camel crickets (un repugnante cruce entre un grillo y una araña) del sótano. Mis hijos la adoran. De hecho, Amaia la persigue por toda la casa al grito de : -”Are you a ticklish cat?” Y yo, que nunca tuve una mascota, estoy feliz. Sólo espero que sus aventuras por el vecindario no me generen conflictos y sea lo suficientemente discreta como para no protagonizar los mails en el list serve de Chevy Chase.

 

 

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